Preludio para el caos

16:43








Ojalá pudiese adueñarme de la imagen de su rostro cuando sonríe. Quizá así logre conseguir sentirme tan abrumada como aquella noche fría de viernes.

El sonido de su risa irrumpía entre las voces de esta consciencia, acallaba las culpas y los gritos, hacía apacible el ruido de mis pensamientos. De pronto mi mano resbaló con estrépito hacia la suya y pude sentir como el calor de su cuerpo invadía mi silueta sutilmente.
Su silencio me agobiaba de incertidumbre, percibía su ausencia por momentos y se escapa de mis manos la calma así como la temperatura, entonces me limité a reservarme mis impulsos… No hicieron falta.
Disfrutaba cada segundo de su charla, me atiborró de licor y yo sólo procuraba controlarme para no terminar haciendo el ridículo bajo los efectos del alcohol, sin embargo no fue necesario el licor para eso. Las estupideces saltaban de mi boca, era incontenible, y él sólo reía… cuando reía se me fundía la piel con la carne, se me diluían los tejidos, temblaba de frío, temblaba de ansiedad, trataba de ocultarlo.
Se dedicó a mirarme a los ojos, yo no podía sostenerle el gesto, corría el riesgo de ahogarme en los dorados desiertos de sus ojos arábigos; ardientes elevaron la temperatura que perdía con el frío de la noche, yo sudaba entre la ropa y daban ganas de sacársela. ¿Pero qué puedo decir? Esos ojos eran por poco menos majestuosos que las salvajes pinceladas en el cielo de esos jordanos; par de bosques oscuros perfectamente trazados sobre el lienzo de su frente.
Me acerqué lo suficiente como para perderme en lo espeso de ese par de bosques, pero él se acercó lo suficiente como para asegurar mi locura y sellar la puerta del laberinto de sensaciones que me encerraron esa noche; no podía salir, no sabía cómo hacerlo...

La cerradura de esa puerta fue en definitiva el gancho de sus brazos, él me abrazó tan dulcemente que no pude huir, caí en un sueño profundo, soñaba despierta y perdí la noción del tiempo.

Tendría que volver… Este joven misterioso me obligó a volver. Ya no podría vivir con tranquilidad sin escuchar su risa, sin percibir la sencillez de su aroma, ya no querría soñar sin el calor de sus brazos.



AENIBELI

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